El Consorcio de New York para la educación e investigación de Alzheimer es un esfuerzo conjunto entre la Alzheimer’s Association, Capítulo de la Ciudad de New York y
los principales centros de educación e información de Alzheimer’s – Columbia University, College of Physicians and Surgeons; Mount Sinai Medical Center; y New York
University School of Medicine fundada por the National Institute on Aging. |
Efecto del Ejercicio
en la Reducción del Riesgo de
Contraer Alzheimer
A pesar de que originalmente se comenzó a describir
el Alzheimer a principios del siglo XX, encontrar la causa,
lograr un tratamiento eficaz y poder prevenirlo es algo que
sigue eludiendo a la profesión 100 años después. Durante
los últimos años se han logrado importantes avances en el
campo del Alzheimer y se ha podido elucidar, no sólo la
biología del mal, sino también la relación entre los factores
genéticos y no genéticos que pueden incidir en el riesgo
de contraerlo y aumentarlo. En el Alzheimer esporádico
(la forma común del mal, en un 97-98% del total de los
casos) los hábitos en el estilo de vida parecen ser muy
importantes (sean por sí solos o en combinación con una
predisposición genética). Entre ellos, el ejercicio parece
tener una importancia particular.
Pruebas e investigación llevadas a cabo en animales han
demostrado que un mayor nivel de actividad física tiene
una relación directa con varios efectos benéficos, no solo
para los músculos, los pulmones y el corazón, sino también
para el cerebro. Entre tales efectos se incluye un mayor
número de vasos sanguíneos y mejor riego sanguíneo en
el cerebro, generación de más células cerebrales, mayor
resistencia a ataques y mayor supervivencia de las células
cerebrales, menor inflamación cerebral, mejor capacidad
de aprendizaje e inclusive menores cambios cerebrales
característicos del Alzheimer. Estudios de imágenes del
cerebro en seres humanos han demostrado que la actividad
física está asociada con una menor reducción de la masa
cerebral y un aumento en la generación de células cerebrales.
Teniendo esto presente, se han llevado a cabo estudios
epidemiológicos y ensayos clínicos en adultos saludables
de cierta edad y se ha demostrado que aquéllos que hacen
más ejercicio obtienen mejores resultados en las diferentes
pruebas de función cerebral (incluidas la velocidad, la
memoria, etc.). De la misma manera, muchos estudios
epidemiológicos han demostrado que existe una correlación
entre mayores niveles de actividad física y menores riesgos
de que reproduzca el Alzheimer. Se ha probado el efecto
protector del ejercicio físico con diferentes intensidades,
frecuencia y tipos de ejercicio.
En un reciente ensayo aleatorio llevado a cabo por
investigadores en Perth, Australia, se asignó aleatoriamente
un programa de actividad física para el hogar o para el
“cuidado rutinario” a personas de más de 50 años de edad
aquejadas de pérdida de memoria pero no de demencia. El
programa de actividad consistía en 3 sesiones de actividad
moderada de 50 minutos cada una, y la actividad principal
consistía en hacer caminatas. El “grupo de cuidado rutinario” recibió información sobre temas de salud que incluían dieta,
consumo de bebidas alcohólicas y tabaquismo. Después
de 18 meses se verificó un pequeño, aunque importante
beneficio en la prueba cognitiva y en la prueba de memoria
entre aquéllos a quienes se les asignó el programa de
actividad física, comparado con el del grupo que recibió
cuidado rutinario. Hay diferentes aspectos importantes que
considerar en este estudio. Primero, el beneficio cognitivo
resultó ser pequeño, menos de 1 punto en una prueba que
constaba de 70 puntos. La actividad física se ejecutó sin la
ayuda de un instructor, y a la larga puede que haya habido
menos participación, lo cual resultó en menor beneficio.
Adicionalmente, este ensayo se llevó a cabo únicamente en
un centro, y es importante poder determinar si se puede
replicar en otros lugares. Finalmente, los participantes eran
personas relativamente saludables con pocos problemas
cognitivos y no se sabe si entre los beneficios se pueda incluir
también la reducción del riesgo de contraer Alzheimer. Sin
embargo, el resultado es alentador y sugiere que se deberían
evaluar los programas en los que se persiste en la actividad
física a fin de determinar los beneficios cognitivos para otros
grupos en riesgo.
Si bien parece que la dieta y el ejercicio pueden producir
efectos benéficos en la memoria y la cognición, no contamos
con suficiente conocimiento para dar recomendaciones
definitivas. Hay muchas razones posibles para estos
resultados contradictorios. Primero, no es lo mismo un ser
humano que un animal y no se puede deducir directamente
de los resultados de los estudios sobre animales si son o
no benéficos para los seres humanos. En segundo lugar,
es posible que el tipo de ejercicio (aeróbico, anaeróbico),
la frecuencia, la intensidad y/o la duración resulten más
o menos beneficiosos para diferentes tipos de capacidad
cerebral. En tercer lugar, es posible que las personas que
participaron en los estudios epidemiológicos que se
ejercitaron más corran menos riesgo de sufrir de Alzheimer
a causa de otras características que comparten, por ejemplo:
clase socioeconómica superior, mejor nutrición, etc. Sería
posible conseguir pruebas más concluyentes por medio de
ensayos clínicos adicionales sobre el ejercicio y su asociación
con la prevención del Alzheimer.
Para concluir, a pesar de que no estamos todavía
absolutamente seguros de que los efectos del ejercicio
producen un menor riesgo de contraer el Alzheimer, las
pruebas científicas y epidemiológicas preliminares, así como
los recientes resultados de varios ensayos clínicos, sugieren
que la actividad física puede ser eficaz.
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