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Aunque mi abuelo murió en el 2003 por complicaciones de Alzheimer, él se había ido de nosotros hace años. Es difícil recordar exactamente cuando fue la última vez que lo escuché contar sus cuentos de guerra o tuvo una sonrisa pícara por algo chistoso que iba a decir. O la última vez que tuvimos una simple conversación sin ser interrumpidos por la enfermedad.

Esos tiempos se fueron hace mucho, primero en ataques cuando su memoria comenzó a deslizarse y después, aún más alarmante, cuando su mente empezó a fallar. El primer día que comencé a entender lo que el diagnostico de Alzheimer significaba fue en el día de mi graduación de secundaria, afuera de un restaurante mejicano. Estábamos hablando, cuando casualmente, con su sonrisa de pícaro, él interrumpió y señalo a algo que no estaba ahí “Alimañas/bichos” el dijo. “¿Vez esas alimañas bichos ahí? Mejor que las atrapemos.”

Su nombre era Arva Dale Chittum y las alimañas/ bichos eran sus recuerdos de niño de la finca en el Dust Bowl, durante la Gran Depresión en Piedmont, Oklahoma. Como su padre murió cuando él tenía diez años, el abuelo tuvo que trabajar desde joven para poder ayudar a su mamá y tres hermanas. Luego se enlistó en la Fuerza Aérea y voló treinta y tres misiones sobre Alemania en el ball-turret de un B-17 Flying Fortress.

Por años, a mi abuelo no le gusto hablar mucho de la guerra. No era hasta que se dio cuenta que su memoria le comenzaba a fallar que el comenzó ha hablarme — el historiador de la familia — sobre lo pasado. La guerra se convirtió en una obsesión para él, como si quisiera recordar antes que se le olvidará todo. El contaba historias de su tiempo en Inglaterra y su entrenamiento en los Estados Unidos, los que yo debí haber escrito. Ahora no recuerdo mucho de eso.

Lo ocurrido a mi abuelo no es una historia única o distinta. Alzheimer es la sexta causa de muertes en los Estados Unidos, y se estima que la cifra aumentará. A medida que la Generación Post Guerra crece, y los avances médicos contribuyen a alargar la vida se nota un aumento en el número de víctimas del Alzheimer. Actualmente, casi la mitad de personas de más de 85 años tienen la enfermedad. La Alzheimer’s Association dice que al menos uno de cinco Baby Boomers va a desarrollar Alzheimer u otro tipo de demencia.

De acuerdo al estereotipo, la generación de mi abuelo era estoica, desinteresada, y fuerte. Atravesó por un periodo de Depresión, ganó una guerra mundial y ayudó a un país a lograr un período de prosperidad nunca antes visto. Mi abuelo fue parte de esta generación. El peleó en la guerra, fue él primero de su familia en graduarse de la universidad, y crío seis hijos en Coffeyville, Kansas, trabajando en una fábrica. Después se convirtió en un funcionario del condado por veinte años.

En los 90s, su memoria empezó a fallar — primero de manera inofensiva — como coger la vuelta equivocada en caminos que él había manejado por cuarenta años. El siempre había tartamudeado, pero se le hizo más difícil encontrar las palabras correctas, y a veces se olvidaba lo que iba a decir completamente.

“El primer episodio preocupante fue el día que él estaba frente al espejo,” dice mi abuela. El dijo, “no puedo atar mi corbata.” La mayor parte de su tiempo él usaba una corbata para ir al trabajo. Desde ese día él no pudo atar una corbata otra vez.

Como un reloj, él siempre llegaba del trabajo a las 5:30 de la noche. El comenzó a quedarse hasta las 8:30 PM y iba los fines de semana porque no podía mantenerse al día con su trabajo. El tenía miedo de cometer un error que fuera tan grave que pudiera costarle su trabajo.

Finalmente, sus problemas se hicieron tan serios que mi abuela lo convenció de no buscar reelección como funcionario del condado, y él se retiro en 1993. Un año después, fue diagnosticado con Alzheimer.

Al comienzo, la familia trato de mantener su enfermedad en secreto. “Sabiendo lo que sabemos ahora, era un poco absurdo,” dice mi Tía Sherri, quien vivía al lado y era indispensable en su cuidado. “Pero era un modo de protegerlo. Mucha gente lo quería y lo visitaban, y pensé que al saberlo los iba a incomodar. Pero lo opuesto pasó. La gente se acercó más a él y nos ayudaron.”

Sherri es una de seis hijos, de los cuales uno, es mi padre. A pesar de que mi papá tiene solamente cincuenta y siete años, se que él también esta genéticamente predispuesto a tener la enfermedad. Sólo la hermana menor de mi abuelo se libro de los estragos de Alzheimer. Las otras dos murieron como resultado de la enfermedad al igual que mi abuelo.

Me preocupa que mi papa también desarrolle la enfermedad. El a veces toma pausas cuando habla, como si hubiera olvidado lo que iba a decir, y mi hermana y yo pensamos que él a veces actúa un poco cómico, pero es difícil saber, ya que puede ser algo normal de la vejez o un síntoma nuevo por Alzheimer. Es algo que nos preocupa y nos mantenemos alertas.

Viendo como esto cambió la vida de mis abuelos, me preguntó como mi mamá va a manejar las cosas si mi papá llega a tener Alzheimer. ¿Como puedo justificar vivir a 1,500 millas de distancia cuando mi mamá y mi hermana han cambiando sus vidas completamente para cuidarlo?

Los Baby Boomers son más concientes de su salud — y de si mismos — que generaciones anteriores. Un reciente estudio señaló que el 60 por ciento de Boomers han experimentado perdida de la memoria reciente, algo que puede ser inofensivo pero que también puede ser una indicación temprana de demencia. La Alzheimer’s Association estima que el número de Americanos viviendo con la enfermedad va a aumentar de 5 millones a 8 millones para el año 2030 y esa cifra se doblara para el año 2050.

¿Quien va a cuidar de todas estas personas? Es difícil imaginar mi generación — Generación Yo — lidiando con la institucionalización en ancianatos como lo hicieron nuestros padres y abuelos. ¿Será mi generación capaz de manejar la presión y las medicinas podrán disminuir la gravedad de la situación? ¿Que vamos a aprender de las dificultades que vivieron nuestros padres y abuelos?

Medicare está agobiado y los expertos dicen que un millón y medio de casos nuevos de Alzheimer cada año empeoran la situación. A la velocidad que vamos, para el año 2050 ese número se convertirá en un millón al año.

Mi abuela, Edna Mae, se rehusó a poner a mi abuelo en un ancianato. Ella cuidó de él en la casa, con la ayuda de mis tías y otros actos de bondad de vecinos y su iglesia. En ese momento no sabíamos, pero resulto que siete de diez pacientes con Alzheimer son cuidados en la casa, una gran carga que pasa desapercibida en todo el país. Nosotros nos preocupábamos que esto podría agobiar a mi abuela — una mujer increible e incansable con un optimismo natural reforzado por su fé Cristiana.

Ella sobre paso su aflicción en gran parte por su buen sentido del humor. Recordamos muchas historias de ese tiempo que hasta hoy nos hacen reír. Ella le puso una campanita alrededor del cuello de mi abuelo para asegurarse de oírlo si caminaba lejos de ella. Un día mi tía lo encontró en una esquina mojando papas fritas en una lata de pintura y comiéndoselas. Muchas mañanas él hablaba con la foto de un gato en una postal, que según él viajaba 190 millas todas las noches para volver a su casa en Yukon, Oklahoma.

También estuvieron los tiempos no muy buenos como cuando el abuelo vagaba por las calles o cuando él se callo encima de mi abuela. O cuando sus sueños le perturbaban y comenzaba a agitar los brazos y pegarle frenéticamente en la cara cuando dormía. Ella solía dormir con una pierna estrechando y agarrando su pijama, en parte para prevenir que él agite sus brazos, pero más para prevenir que él deambule. “Oh, es una enfermedad mala,” dice ella. Pero ella seguía, y de lo que yo se ella nunca dudo de su decision de cuidarlo ella misma.

Tuvimos suerte que la personalidad de mi abuelo no fue afectado drásticamente como suele pasar con muchos personas que padecen de Alzheimer. La mayor parte del tiempo, él fue dulce y amigable, el hombre que conocíamos, solo que cada vez más podía recordarme nos nuestros nombres o cosas básicas como atar su zapato. A pesar de que nunca lo escuché quejarse, era evidente que le frustraba saber que sus facultades se deterioraban. El tenía días buenos y días malos.

Yo fui a casa en Nueva York unos pocos días antes que falleciera, no sabía si llegaría a tiempo a Coffeyville. En una semana y media su cuerpo ya no pudo más, y se murió. La enfermedad no sólo se lo robo, sino que le corto la vida significantemente.

Era difícil ver como se caía en su demencia en los últimos años. Alzheimer es como si pelaras capas del cerebro, hasta llegar a la medula. Y ahí, con la mente de un niño, lo encontramos apacible, humorístico, y amable. Un hombre divertido es como siempre lo recordaremos.

 
Ryan Chittum escribe para Columbia Journalism Review de negocios. Anteriormente, por varios años, cubría reportajes de bienes y raíces para el periódico The Wall Street Journal en Nueva York. Ahora vive en Washington con su novia Anna.

 

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